¿Hongos contra la diabetes? Los pueblos ya conocían su potencialMushrooms Against Diabetes? Traditional Peoples Already Knew Their Potential
Un capítulo publicado por Elsevier, escrito por investigadores jujeños de la Universidad Nacional de Río Negro, conecta el uso milenario de hongos con fines terapéuticos con la investigación actual sobre polisacáridos, proteínas y otras moléculas que podrían convertirse en los fármacos antidiabéticos del futuro, con menos efectos adversos que muchos tratamientos disponibles.A chapter published by Elsevier, written by researchers from Jujuy at the National University of Río Negro, connects the millennia-old therapeutic use of mushrooms with current research on polysaccharides, proteins, and other molecules that could become the antidiabetic drugs of the future, with fewer adverse effects than many available treatments.
Por Luis Fernando Flores · 20 de agosto de 2026By Luis Fernando Flores · August 20, 2026
X-Javier — CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
Un capítulo publicado por la editorial científica Elsevier, escrito por los investigadores jujeños Brenda Juana Flores y Luis Fernando Flores, de la Universidad Nacional de Río Negro, conecta una práctica milenaria, el uso de hongos con fines terapéuticos, con la investigación científica actual sobre compuestos como polisacáridos, proteínas y otras moléculas que podrían convertirse en los fármacos antidiabéticos del futuro, con menos efectos adversos que muchos de los tratamientos disponibles en la actualidad.
La diabetes mellitus es un trastorno metabólico crónico en el que el cuerpo no produce suficiente insulina, no la utiliza de manera adecuada, o ambas cosas a la vez. En la diabetes tipo 1, el sistema inmune destruye las células del páncreas encargadas de producir esta hormona y afecta principalmente a niños y adolescentes. La diabetes tipo 2, que representa entre el 90% y el 95% de los casos, se relaciona con la resistencia a la insulina y está asociada a la edad, la obesidad, el sedentarismo y la mala alimentación.
Se estima que para 2030 habrá 578 millones de personas con diabetes en el mundo y que, para 2045, esa cifra alcanzará los 783 millones. Frente a este escenario, aunque medicamentos como la metformina o la acarbosa son efectivos, suelen asociarse a efectos adversos frecuentes, como trastornos digestivos, aumento de peso o cefaleas, además de representar un costo elevado para muchas personas. En ese contexto, la búsqueda de alternativas más seguras, accesibles y sustentables cobra cada vez más importancia, especialmente entre los compuestos naturales presentes en organismos como los hongos.
Mucho antes de la industria farmacéutica y de los laboratorios modernos, distintos pueblos ya utilizaban hongos con fines medicinales. La historia cuenta que en el Antiguo Egipto estaban reservados para faraones y aristócratas, donde la tradición los describía como una “planta de la inmortalidad”, demasiado valiosa para el resto de la población. Griegos y romanos también los incorporaban tanto en la alimentación como en distintas prácticas medicinales de su época. En la cultura azteca, algunas especies ocupaban un lugar central en ceremonias espirituales y eran conocidas como “el alimento de los dioses”. Hoy, muchos de esos usos tradicionales encuentran nuevas explicaciones en la investigación científica, que comienza a describir las moléculas detrás de efectos observados desde hace siglos.
Los hongos no son plantas ni animales. Constituyen un reino propio y poseen una química singular. No producen celulosa ni almacenan almidón como las plantas, sino que acumulan glucógeno, al igual que los animales. Muchos hongos comestibles presentan un bajo índice glucémico y un elevado contenido de fibra dietaria, características que contribuyen a una menor respuesta glucémica después de su consumo. Además, producen una enorme diversidad de compuestos bioactivos, entre ellos alcaloides, terpenoides, fenoles, lectinas y, especialmente, polisacáridos. Aun así, transformar ese conocimiento en tratamientos seguros, accesibles y respaldados por evidencia clínica sigue siendo un desafío.
El capítulo identifica a los polisacáridos como los compuestos más estudiados por su actividad antidiabética. Estos actúan mediante tres mecanismos complementarios. El primero es físico. Como son fibras solubles, aumentan la viscosidad del contenido gástrico, retrasan el vaciamiento del estómago y favorecen una absorción más gradual de los carbohidratos, reduciendo los picos de glucosa posteriores a las comidas. Este efecto fue observado en especies como el champiñón común (Agaricus bisporus), el reishi y las gírgolas (Pleurotus).
El segundo mecanismo involucra al páncreas. En modelos experimentales, los β-glucanos presentes en hongos como Agaricus blazei y el shiitake (Lentinus edodes) protegieron las células productoras de insulina, redujeron su muerte y favorecieron su regeneración. Estos resultados sugieren que, además de contribuir al control de la glucosa, podrían ayudar a preservar la función pancreática, aunque todavía faltan estudios clínicos que lo confirmen en personas.
El tercer mecanismo ocurre dentro de las propias células. Algunos compuestos producidos por los hongos mejoran la señalización intracelular de la insulina mediante la activación de proteínas como AKT, PI3K y AMPK, vías metabólicas cuya actividad suele encontrarse alterada en personas con diabetes tipo 2.
Además de los polisacáridos, existen decenas de moléculas aisladas de hongos medicinales que continúan siendo investigadas. Entre ellas aparecen compuestos provenientes de hongos endófitos e incluso de hongos marinos, capaces de inhibir enzimas involucradas en el metabolismo de los carbohidratos, como la alfa-glucosidasa, la alfa-amilasa y la proteína PTP1B, cuya hiperactividad favorece la resistencia a la insulina.
La diversidad de este reino también permite dimensionar cuánto queda por descubrir. De las especies de hongos conocidas por la ciencia, apenas alrededor del 10% fue estudiado con cierto detalle y solo una fracción mínima se investiga con fines terapéuticos. Hongos marinos y endófitos, que viven asociados a las plantas, representan algunos de los grupos menos explorados y podrían albergar nuevas moléculas con potencial antidiabético.
Sin embargo, identificar una molécula prometedora es apenas el primer paso. Desde el hallazgo de un hongo hasta la llegada de un medicamento a una farmacia transcurre un largo proceso que incluye bioprospección, caracterización química, modelado computacional, ensayos preclínicos y estudios clínicos en personas. Desarrollar un nuevo fármaco puede demandar más de catorce años y una inversión cercana a los 800 millones de dólares. En ese recorrido, la inteligencia artificial y las herramientas de diseño computacional podrían acelerar las primeras etapas del descubrimiento y la optimización de nuevos candidatos terapéuticos.
Entre ese potencial y un tratamiento disponible todavía quedan importantes desafíos científicos, clínicos y regulatorios. Los autores advierten que el consumo excesivo de hongos puede producir efectos adversos y que aún no existen protocolos internacionales estandarizados que permitan evaluar y comparar de manera consistente su actividad antidiabética. Además, siguen faltando ensayos clínicos en humanos, ya que gran parte de la evidencia disponible proviene de estudios en animales o de experimentos realizados en laboratorio. Superar estas barreras será clave para determinar qué compuestos pueden convertirse, con evidencia suficiente, en nuevos medicamentos o nutracéuticos para el tratamiento de la diabetes.
Quizás el próximo gran avance contra la diabetes no nazca de una molécula sintética, sino de un organismo que distintas culturas conocen desde hace miles de años y que la ciencia apenas empieza a comprender en toda su complejidad.
A chapter published by the scientific publisher Elsevier, written by Jujuy-born researchers Brenda Juana Flores and Luis Fernando Flores of the National University of Río Negro, connects a millennia-old practice — the use of mushrooms for therapeutic purposes — with current scientific research on compounds such as polysaccharides, proteins, and other molecules that could become the antidiabetic drugs of the future, with fewer adverse effects than many of the treatments available today.
Diabetes mellitus is a chronic metabolic disorder in which the body does not produce enough insulin, does not use it properly, or both. In type 1 diabetes, the immune system destroys the pancreatic cells responsible for producing this hormone, and it mainly affects children and adolescents. Type 2 diabetes, which accounts for 90% to 95% of cases, is linked to insulin resistance and associated with age, obesity, sedentary lifestyles, and poor diet.
It is estimated that by 2030 there will be 578 million people with diabetes worldwide, and that by 2045 the figure will reach 783 million. Against this backdrop, although drugs such as metformin and acarbose are effective, they are often associated with frequent adverse effects — digestive disorders, weight gain, headaches — in addition to representing a high cost for many people. In that context, the search for safer, more accessible, and more sustainable alternatives is becoming increasingly important, especially among the natural compounds found in organisms like fungi.
Long before the pharmaceutical industry and modern laboratories, different peoples were already using mushrooms for medicinal purposes. History tells us that in Ancient Egypt they were reserved for pharaohs and aristocrats, with tradition describing them as a “plant of immortality” too valuable for the rest of the population. Greeks and Romans also incorporated them both in their diet and in various medicinal practices of their time. In Aztec culture, certain species held a central place in spiritual ceremonies and were known as “the food of the gods.” Today, many of those traditional uses are finding new explanations in scientific research, which is beginning to describe the molecules behind effects observed for centuries.
Fungi are neither plants nor animals. They constitute a kingdom of their own and possess a singular chemistry. They do not produce cellulose or store starch like plants; instead, they accumulate glycogen, just as animals do. Many edible mushrooms have a low glycemic index and a high dietary fiber content, characteristics that contribute to a lower glycemic response after consumption. They also produce an enormous diversity of bioactive compounds, including alkaloids, terpenoids, phenols, lectins, and — especially — polysaccharides. Even so, turning that knowledge into safe, accessible treatments backed by clinical evidence remains a challenge.
The chapter identifies polysaccharides as the compounds most studied for their antidiabetic activity. They act through three complementary mechanisms. The first is physical. As soluble fibers, they increase the viscosity of gastric contents, delay stomach emptying, and promote a more gradual absorption of carbohydrates, reducing post-meal glucose spikes. This effect has been observed in species such as the common button mushroom (Agaricus bisporus), reishi, and oyster mushrooms (Pleurotus).
The second mechanism involves the pancreas. In experimental models, the β-glucans present in mushrooms such as Agaricus blazei and shiitake (Lentinus edodes) protected insulin-producing cells, reduced their death, and promoted their regeneration. These results suggest that, in addition to contributing to glucose control, they could help preserve pancreatic function — although clinical studies confirming this in humans are still lacking.
The third mechanism occurs inside the cells themselves. Some compounds produced by fungi improve intracellular insulin signaling by activating proteins such as AKT, PI3K, and AMPK, metabolic pathways whose activity is often impaired in people with type 2 diabetes.
Beyond polysaccharides, there are dozens of molecules isolated from medicinal mushrooms that continue to be investigated. Among them are compounds from endophytic and even marine fungi, capable of inhibiting enzymes involved in carbohydrate metabolism, such as alpha-glucosidase, alpha-amylase, and the protein PTP1B, whose hyperactivity promotes insulin resistance.
The diversity of this kingdom also gives a sense of how much remains to be discovered. Of the fungal species known to science, only about 10% have been studied in any detail, and only a tiny fraction is being investigated for therapeutic purposes. Marine and endophytic fungi, which live in association with plants, represent some of the least explored groups and could harbor new molecules with antidiabetic potential.
However, identifying a promising molecule is only the first step. From the discovery of a fungus to the arrival of a drug at a pharmacy lies a long process that includes bioprospecting, chemical characterization, computational modeling, preclinical trials, and clinical studies in humans. Developing a new drug can take more than fourteen years and an investment of close to 800 million dollars. Along that road, artificial intelligence and computational design tools could accelerate the early stages of discovery and the optimization of new therapeutic candidates.
Between that potential and an available treatment, significant scientific, clinical, and regulatory challenges remain. The authors warn that excessive mushroom consumption can produce adverse effects, and that there are still no standardized international protocols for consistently evaluating and comparing their antidiabetic activity. Moreover, clinical trials in humans are still lacking, as much of the available evidence comes from animal studies or laboratory experiments. Overcoming these barriers will be key to determining which compounds can become, with sufficient evidence, new drugs or nutraceuticals for the treatment of diabetes.
Perhaps the next great breakthrough against diabetes will not come from a synthetic molecule, but from an organism that different cultures have known for thousands of years — and that science is only beginning to understand in all its complexity.